Por Enrique Cruz
El trabajo central de un docente, como artesano y científico del aprendizaje, es crear las condiciones para que los estudiantes desarrollen su potencial, desafiando sus límites, que sean tan buenos como les sea posible y que se perciban competentes. Para lograrlo requerirá usar su inteligencia, afectividad y energía. Su labor consiste en apoyar a los estudiantes y fomentar su responsabilidad. El equilibrio entre estos factores es esencial.
Para impartir una clase debe existir claridad de lo que se desea lograr con ella, considerando el contenido o programa, es decir, el qué se espera que se aprenda. Además, deberá pensar cómo se estructurará la sesión, en función de a quién se le impartirá. Deberá tener presente también los aspectos psicológicos a considerar y las técnicas pedagógicas que se usarán, que se relacionan con el cómo se hará y, finalmente, cómo se evaluará lo aprendido; en otras palabras, cómo reconocer el impacto de lo realizado o cuáles son los resultados del proceso con el fin de mejorarlo.

Los seres humanos imitan modelos, razón suficiente para que los docentes aspiren a ser uno muy bueno para sus estudiantes. Si el docente desea que sus alumnos abran su mente, primero debe abrir la propia.
En principio el docente y el estudiante tienen un área común: el alumno quiere aprender y el docente desea enseñar. Este vínculo debe reforzarse con cada sesión, lo cual debe alentar a que se establezca un clima de confianza entre ambos, que debe cultivarse.
El docente debe recordar que para ser escuchado tendrá que hacer un esfuerzo, el cual consiste en preparar la sesión, teniendo presente los conocimientos previos del grupo y las dificultades que observe en el mismo.
La posible ansiedad de los estudiantes se vence en buena medida con la
preparación del docente y, particularmente, revisando con detalle las posibles dificultades de aquellos y respondiendo asertivamente a ellas. Se trata de ayudarles con lo que necesitan.
El docente tendrá que retirar el temor en el salón de clase, generando un clima de apertura, cercanía y respeto con los estudiantes. También debe considerar que en la sesión habrá estudiantes que piensen linealmente (que quieran conocer los detalles), así como también pensadores globales (que desean ver la imagen completa del tema a tratar).

Un aspecto que conviene recordar es que la educación también pretende contribuir a lograr una vida más plena, pero que ésta no puede existir sin sacrificios y renuncias. Así, la educación de la voluntad es crucial, es decir, huir del culto al instante, de hacer algo, aunque cueste, de desarrollar el ánimo ante la adversidad. Se trata de cambiar la comodidad de corto plazo que impide el crecimiento, por la satisfacción a largo plazo. Este es un punto primordial, pues motivará un mayor compromiso, con un mejor esfuerzo y sobre todo con un mínimo control o supervisión. Esto facilitará las tareas posteriores. El orden, la constancia, el aliento y la mezcla de alegría e ilusión ayudarán a lograr el propósito planteado.
Lo planteado anteriormente se alimenta de motivación, y es precisamente aquí donde el docente puede hacer la diferencia, al conocer a sus estudiantes y sus motivaciones. Algunas veces será un interés concreto, como puede ser un reto o bien un compromiso.
Los docentes se convierten en personas inspiradoras, cuando logran disminuir los bloqueos emocionales, perceptuales, culturales o sociales de sus estudiantes, lo cual los anima a dar lo mejor de sí, ya que no sólo la estrategia de aprendizaje es importante sino también la predisposición, estado psicológico o emocional del estudiante. Un docente afectivo y empático facilita el aprendizaje del otro.
Por último, conviene tener presente que se aprende mejor cuando se conoce lo que se persigue, existiendo coherencia y organización del conocimiento para generar significado y propósito que ayude a mejorar la vida individual y colectiva
Al final lo importante es lo que logran construir juntos el docente con los
estudiantes.




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